
Cuando la amistad es sincera, verdadera y auténtica, la lealtad no es más que la llave que abre a nuestro corazón en la defensa de lo que creemos y en quien creemos. Por ello corresponder con ese valor, es profundizar el respeto que se tiene por si mismo y lo que representa la confianza otorgada por el amigo.
Ser leal implica un serio compromiso más allá de estar en las buenas y malas, es apostar al éxito de quién nos ha acompañado en el pasado, es en esencia la acción que fortalece a la amistad. Es un deber con quienes dependen de nuestras decisiones, de la energía que imprimamos a nuestros pensamientos en pos de alcanzar una meta común en la vida.
Todo lo anterior guarda una estrecha relación con la responsabilidad, honestidad y sinceridad que brindamos a la familia y conocidos. Apartarnos de esa máxima por el hecho de ganar el respeto de otros, aquellos que jamás estuvieron a nuestro lado y convencidos de adquirir más autoridad y experiencia, sólo nos conducirá a transformarnos en seres desleales, débiles y sin personalidad.
Por ello al ser francos con el amigo, demostramos nobleza y rectitud, entendemos que cada escollo y obstáculo superado en esa relación, no es más que reconocer la admiración y el respeto que se tiene por el otro. Pero cuidado, no significa complicidad cuando se ha fallado ante la ley, se es leal solo cuando somos congruentes entre lo que decimos y ofrecemos, lo contrario demuestra una profunda falta de carácter.
Y es que ante cualquier escala de valores referida a la amistad, la “LEALTAD” debe ser el principio más importante que prevalezca, sin que ello se confunda con la sumisión y conveniencia. Perderla por no existir reciprocidad es igual al viejo adagio que reza “…tan difícil es ganar, tan fácil perder, tanto más difícil recuperar…”
He allí la importancia de aprender a reconocer nuestras debilidades, para evitar en el futuro volver a cometer los mismos errores. La fidelidad enriquece y fortalece nuestro espíritu, alienta la confianza y demuestra lo sincero que siguen siendo los compromisos del verdadero amigo.
Por: Gennaro Pascale









